Hoy recordé la soledad, recordé como era
sentirse solo; no la soledad que buscamos muchos, la que te da momentos de paz,
la que te relaja y en buenas dosis es necesaria, la soledad que uno busca para
luego regresar a conectarse nuevamente con el mundo que lo rodea, de esa
soledad no estoy hablando.
Hoy me refiero a la otra soledad, la
soledad que llega sin que la busques, esa que aparece sin invitación y parece
no irse nunca, de la que no sabes cómo librarte, la que te sigue a todas
partes. La soledad triste, la que opaca la luz de todas las habitaciones que
ocupas, la que la luz de la felicidad de las demás personas no pueden espantar,
esa que alguna vez sentí.
Te recuerdo muy bien triste soledad, te
recuerdo siguiéndome, me recuerdo cargándote mientras colgabas de mi cuello, te
recuerdo engañándome con falsas felicidades, te recuerdo confinándome a mi
cuarto, logrando que me sienta solo estando en medio de grandes multitudes,
haciendo que pase por alto las oportunidades de ser feliz y consumiendo mi alegría con fines
desconocidos.
Te recuerdo y no te olvido, pero no porque siga cargándote, no porque me sigas confinando a mi cuarto con tus hilos
invisibles, no porque sigas opacando mi vida.
Te recuerdo porque al olvidarte
podría encontrarte nuevamente, podría un día darme cuenta que cuelgas de mi
cuello una vez más, que me alejas de quienes me quieren y hacen tolerable mi
vida, y no pienso cargarte una vez más.
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